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San Ignacio de Loyola nació en España como Íñigo López de Loyola en 1491. Era una figura prometedora en el ejército español cuando, a los 30 años, durante la batalla de Pamplona, fue alcanzado por la mortífera explosión de un cañón, hiriéndole la pierna y la espalda, dejándolo postrado en cama durante un largo periodo. En este estado de invalidez, Ignacio leyó abundantes obras sobre la vida de los santos.


Quedó fascinado por sus ejemplos de fe y devoción. Su lectura desencadenó un viaje que lo llevaría a dedicar su vida a ser un «caballero para la gloria de Dios».

Una vez recuperado lo suficiente como para caminar, decidió peregrinar al santuario catalán de Nuestra Señora de Montserrat. Allí, depositó su espada y puñal en el altar tras una vigilia nocturna en busca de iluminación espiritual. En los meses siguientes, experimentó una serie de visiones místicas mientras continuaba reflexionando. Mientras meditaba, Ignacio comenzó a escribir la obra que con el tiempo se conocería como sus Ejercicios Espirituales, una guía práctica para la meditación. Intrigado por los relatos evangélicos, realizó varias peregrinaciones a los diferentes lugares mencionados en los relatos.


Regresó de sus peregrinaciones en 1524 con la resolución de dedicar su vida a Cristo, estudiando una variedad de disciplinas, incluyendo latín, teología y filosofía; finalmente obtuvo su maestría en la Universidad de París.


En 1534, se unió a seis amigos de la universidad para formar lo que se conocería como la Compañía de Jesús, utilizando sus Ejercicios Espirituales como marco de meditación. Cuando el grupo fue reconocido oficialmente por Roma en 1540, constaba de tan solo diez miembros. La Compañía de Jesús, que con el tiempo se conocería como los Jesuitas, se dedicó a difundir la presencia de Cristo por todo el mundo, sin importar lo peligrosa que fuera la región. Cuando San Ignacio falleció en 1556, la presencia de los jesuitas estaba dispersa en nueve países y provincias de Sudamérica, Europa e India.


Oración de San Ignacio de Loyola


Toma, Señor, recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad, todo lo que tengo y todo lo que poseo. Me lo diste todo, Señor; te lo devuelvo todo. Haz con ello lo que quieras, según tu beneplácito. Dame tu amor y tu gracia; porque con esto tengo todo lo que necesito.

San Ignacio de Loyola

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